domingo, 29 de noviembre de 2009

La curiosidad mató al gato.

Uno de ellos ve lo que estás haciendo. Le impides que lea lo que escribes. Basta que se lo impidas para que le entre más curiosidad.

Piensas en no enseñarselo, a fin de cuentas son tus sentimientos, algo privado. Algo que nunca le enseñas a nadie.

Vuelves a pensar, ¿debería leerlo? Después de todo, la mayoría de mis cambios de ánimo vienen por todas las cosas que aquí escribo para desahogarme.

Vuelve a interesarse por lo que escribo. Cambio de opinión, le digo que para conocerme mejor debería leerlo. se lo enseño. Una vez le inclino la pantalla hacia él para que pueda leer, su curiosidad se desvanece. Sigue haciendo lo que estaba haciendo antes. Yo pienso inmediatamente que ha sido un error abrirme tanto y enseñarselo, retiro el ordenador de su lado. Vuelve la curiosidad, pero por poco tiempo.

Realmente no le importaba lo que escribías, lo que hacías, lo que sientes, solo quería saber que no hay secretos. Solo quería saber el poder que tiene.

¿qué habría pasado si lo hubiese leido?

No lo sé, lo que sí que sé es lo que ha pasado al no hacerlo. Yo había cambiado de opinión, creía que era bueno que lo hiciera, así como que se interesase por mi, pero una puerta ha chocado contra mi cara, y en este caso, la curiosidad me ha matado por un momento.

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y dijeron por aqui...